Miguel Miramón entró al Palacio Nacional con el rostro desencajado y el uniforme polvoso. Sabía que su vida y la de su esposa Concha estaban en peligro, pero no quería asustarla más de lo necesario. Tampoco deseaba que lo viera en esas condiciones, así que se dirigió al cuarto de aseo, se quitó la ropa sucia y se lavó la cara y el cuerpo, poniendo atención en las leves heridas recibidas en batalla, esto alivió el dolor de las mismas, más no todavía el remordimiento, la angustia ni la incertidumbre que llevaba por dentro.
Se secó con una toalla y se
vistió con ropa limpia. Sintiéndose un poco mejor, al menos físicamente, se
dirigió a su recámara y abrió la puerta lentamente para no hacer ruido. Apenas
iluminaba la habitación la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana
pero alcanzó a ver la silueta de su esposa dormida sobre la cama. Se acercó con
cuidado sentándose apenas en el borde del colchón, no sabía si despertarla o
meterse a dormir sin que se diera cuenta…
Pero ella percibió su
presencia y abrió los ojos sobresaltada.
-¿Quién está ahí? -preguntó
asustada.
-Soy yo, mi amor. Tu esposo
-respondió él con voz suave.
-¿Miguel? ¡Eres tú! ¿Qué
sucedió con la batalla? -inquirió ella ansiosa-. No tuve ya noticias tuyas…
-Por eso vine enseguida…
Ella se incorporó y lo abrazó
fuertemente, abrazo que él correspondió con la misma efusividad. Estar así lo
hacía sentir mucho mejor.
-Cuéntame, ¿cómo te fue? ¿Cómo estás? -preguntó ella mirándolo- ¿Te hicieron algún daño?
-No te preocupes, todo está
bien. La batalla fue un desastre… ¡pero estamos vivos! Mañana te lo contaré todo… ahora descansa, no pierdas tu sueño, y hazme un
lugar para dormir.
-Pero... ¿cómo? ¿Qué va a
pasar con el país? ¿Qué va a pasar con nosotros? -preguntó Concha preocupada.
-No lo sé, mi amor. Tenemos
que ser fuertes y confiar en Dios. Anda… durmamos, que quizá sea la última vez
que podamos hacerlo en estas condiciones…
Se acostaron juntos y él la
rodeó con sus brazos. Ella se apoyó en su pecho, escuchando los latidos de
su corazón. Lo abrazó más, y de pronto, al rozar con su mano el
costado de su pierna derecha, escuchó que Miguel lanzaba un leve quejido,
apartándose sin querer un poco.
-Miguel, ¿qué tienes? ¿estás
herido?
-No, no, mi amor… es sólo un
rozón de bala… Me curaron en el campamento, no es nada…
-Entiendo… ¿te duele?
-No, no te preocupes… Ven,
abrázame de nuevo…
-Tendré cuidado -murmuró ella.
Miramón entonces la besó en el rostro, luego en los labios y el costado de la
mejilla, acariciando suavemente el comienzo de su cuello y de su hombro…
-¿Seguro que estás bien?
-preguntó Concha, dejándose envolver por esa sensación…
-Seguro… ¿y tú?
-Si esto no te hace daño…
-Al contrario… Quizá no
tengamos otra oportunidad…
…..
…..
Nadie los oía entre suspiros… el
reencuentro reconfortó sus cuerpos y sus almas…
Después... Se quedaron cerca uno del otro sintiendo que una calidez mutua los envolvía, a pesar del invierno… Parecía como si le robaran un instante de tranquilidad al tiempo..
-¿Sabes que este es mi verdadero
sitio, Concha?
-¿Dónde?
-Aquí, contigo.. -murmuró Miguel con una sonrisa. Luego cerró los ojos y se dejó vencer por el sueño.
Ella lo miró con ternura, acariciándole ligeramente la mejilla, sobre la tenue cicatriz que tenía desde que había luchado junto con los niños héroes... siendo uno de ellos. Quería creer que todo iba a salir bien, que él se salvaría y que podrían vivir felices. Pero una voz interior le decía que eso era imposible, que el destino les reservaba tarde o temprano un final trágico.
Y a pesar de sentirse
agradecida por tenerlo junto a ella, sano y salvo en esa noche, volvieron a su mente las dudas y temores. ¿Qué pasaría con ellos? ¿Con el
país? ¿Qué harían los liberales cuando tomaran el control? ¿Tendrían alguna
oportunidad de escapar? Los pensamientos le espantaron el sueño y, preocupada,
sentía una opresión en el pecho que le impedía respirar.
Se levantó entonces con
cuidado, tratando de no despertar a su esposo, y se puso una bata sobre el
camisón. Salió un momento del cuarto y caminó por los pasillos del palacio iluminados por velas. Se sentía como una sombra,
como una intrusa en su propia casa... que muy pronto no lo sería ya más…
Llegó al balcón y aunque hacía frío, miró el
cielo estrellado. Pensó en Dios y le pidió ayuda, rezando porque les diera una salida que les permitiera vivir juntos y en paz. Sin embargo, tampoco se engañaba, sabía que eran tiempos de guerra..
Volvió a la habitación y se
acostó junto a Miguel. Trató de
dormir... pero sabía que era inútil. Esa noche podía ser la última que pasaran
juntos así.. Al otro día muy posiblemente la situación terminaría de dar la vuelta, y no para bien.
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