Cuando era chica, además de comparar el escribir con el hilar de una aguja (pensaba que las palabras pasaban por el ojal a otros mundos), acompañaban a las historias las melodías de un piano misterioso, cuyas teclas eran las mismas de una máquina de escribir o una computadora... También bailaba el lápiz en el papel, y sonaba al ritmo de un chiste, un cuento o una novela... Siempre quise saber cómo sonaba el Mundo Arucol, y en mis sueños lo escuchaba...
