Miramón se sentía como un fantasma que vagaba por las afueras de Calpulalpan, sin rumbo ni destino. Había perdido la batalla, y con ella, la guerra e incluso el poder que aún conservaba en el gobierno. Le pesaban los pies y no era por las leves heridas que había recibido ni por el cansancio físico, más bien era un cansancio moral… Valle, tan radiante en el campo de batalla, lo había dejado ir, y aunque le agradecía su piedad caballeresca, la situación incomodaba su orgullo como militar. Antes las victorias de Leandro eran también las suyas, y las festejaba como si las hubiese ganado él mismo, pero ahora, en bandos diferentes, el triunfo de la causa de Valle era la derrota de la suya.
Sus soldados lo seguían cabizbajos... ¡Se habían salvado! Pero también habían perdido la batalla y a muchos de los suyos... no era tan honorable haber tenido que salir de esa manera...
Llegaron entonces hasta donde esperaban Vélez y Negrete,
preocupados de que la pequeña comitiva había tardado un poco más de lo
previsto.
- Ahí vienen... -divisó Negrete acercándose al encuentro-.
Señor presidente, lo esperábamos… ¿Sucedió algo? ¿Se encuentra bien?
-Estamos bien… pero vamos, no se detengan… Alcancemos el
campo detrás de la loma y ahí nos reorganizamos… -contestó Miramón, aunque por
dentro no sabía cuál sería la siguiente estrategia, ya no para ganar, sino para
sobrevivir.
Dieron la vuelta a una pequeña loma del camino, donde había unos troncos caídos de árboles, que por el momento, sirvieron de asientos improvisados a los soldados que quedaban.
Miramón también se sentó en uno de esos troncos, al pie de
un árbol y suspiró. Sentía una opresión en el pecho y mucha responsabilidad.
¿Qué le quedaba ahora? ¿Qué futuro le esperaba a él y a los suyos? ¿A su idea
de patria? Miró al cielo, buscando una respuesta. Recordó de nuevo el rostro compasivo
de Leandro Valle, quien por las circunstancias, era también
su enemigo.
Pensó entonces en su esposa, Concha Lombardo, que lo esperaba
en la Ciudad de México, y cerró los ojos, tratando de contener las lágrimas. Vélez
y Negrete lo miraban sin animarse a romper el silencio. Habían compartido con
él tanto glorias como derrotas, y ahora lo acompañaban en su último intento de
resistir.
- General - dijo al fin Vélez acercándose a él con una
botella de aguardiente -. Beba un poco, le hará bien.
- No gracias - rechazó Miramón-. No tengo sed.
- Vamos, no se deje abatir - insistió Vélez -. Aún podemos
reunirnos con Márquez y Mejía y defender la capital.
- No diga eso, general - intervino Negrete -. Usted ha sido
un valiente… Aún puede levantarse..
- Tenemos que aceptar la realidad. Hemos perdido. Hay que asumir las consecuencias... Quizá como dice Vélez, sólo nos queda reunirnos
con los refuerzos de Márquez y Mejía e ir a la Ciudad de México, pero no
esperemos mucho. Seguramente es el próximo objetivo de los liberales…
-respondió Miramón con firmeza.
-General -intervino Vélez con cautela-. Usted aún tiene un
as bajo la manga: los tres prisioneros tan importantes que dejó en la capital:
Don Santos Degollado, Felipe Berriozábal y Benito Gómez Farías. Podría
canjearlos...
-Eso hubiera podido ser antes… -dijo Miramón con
pesimismo-. Ya no estamos en posición de
negociar… Lo único que puedo hacer es cederle a ellos el bastión de mando, para
que cuando lleguen los liberales no se cree un desorden… Y tratar de negociar
una posible salida sin represalias…
-¿Y cree que nos la otorguen? -preguntó Vélez considerando
la idea.
-La verdad, no lo sé, no quiero engañarlos.. Pero no
perdemos nada con intentarlo. Regresemos a la capital al menos a recuperar un
poco de honor en esta guerra…
*Escucha el podcast aquí: Después de la Batalla de Calpulalpan (youtube.com)
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